La alegría de la calle

Allá por el año 2009, cuando el Gobierno anterior negaba la crisis y hablaba de pequeña desaceleración, Carlos Romeu publicó una viñeta en la que dos personajes mantienen el siguiente diálogo: “Economía dice que la crisis acabará a principios del 2010”, decía uno. “¿Y lo dijeron sin reír ni esconder la bota o apagando el porrito?”, contestó el otro.

Recupero esta viñeta del genial humorista catalán a propósito de las palabras de la vicepresidenta Sáenz de Santamaría que en la reciente campaña electoral afirmó sin ruborizarse tener datos que permiten ver la luz al final del túnel . Y esos datos no son un mayor crecimiento de la economía, la reducción del déficit, la deuda o la disminución del paro, no. Los datos que tiene la vicepresidenta son “la alegría que se ve en las calles”. Es la nueva versión de los “brotes verdes” que copia de su colega la exvicepresidenta Elena Salgado, lo que prueba que ella también es víctima del optimismo antropológico.
¿En qué calles habrá visto tanta alegría la vicepresidenta? Es verdad que el país dejó atrás la recesión e inició la senda del crecimiento, pero este es tan débil, está tan prendido con alfileres que persiste el riesgo de regresar al pasado económico más reciente. Por eso, no se puede decir que hemos salido del largo túnel de la crisis, cuyas dimensiones da el alto nivel del paro, un porcentaje tal alto que, a medio plazo, no corregirá un crecimiento tan débil.

Si miramos a la realidad prosaica, las calles del país no pueden desbordar alegría porque, según datos del Instituto Nacional de Estadística referidos a 2013, uno de cada cuatro españoles vivió en riesgo pobreza o de exclusión social, en torno a la mitad no pueden ir de vacaciones y el 41 por ciento no puede hacer frente a gastos extraordinarios. En Galicia, un tercio de los trabajadores cobra menos del salario mínimo; cien mil pensionistas tienen ingresos inferiores a los 350 euros al mes y el número de desempleados que no cobra prestación asciende a 130.000. Si a los datos estadísticos se añade la inseguridad y la precariedad laborales hay que concluir que el país no está para alegrías.

Desde los despachos del Gobierno se deben ver otras calles, porque la recuperación aún no llega a las economías domésticas, que van tirando con más tristeza y preocupación que alegría. Claro que la vicepresidenta hizo esas afirmaciones en el contexto electoral y ya se sabe que “las verdades electorales” no coinciden con la realidad, con frecuencia la desfiguran.

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