Soledad, mala compañera

Por mucho que se diga es muy difícil acostumbrarse a la soledad. Sobre todo para esas personas mayores que pasan las horas del día solas, que no tienen a nadie que les haga compañía. Es un mal que en Galicia adquiere dimensiones preocupantes. La curva de la gráfica de la población –Encuesta Continua de Hogares–, sube sin que sepamos ponerle freno para que inicie la caída. Fíjense: el número de mayores de 65 años que viven solos en nuestra comunidad asciende a un 4,6% con respecto a hace dos años, lo que supone un total de 110.800 personas. Las mujeres, 78.700, representan el 71%. Los datos estadísticos colocan a los gallegos como una de las colectividades y comunidades de mayor aislamiento de Europa
La situación se torna muy preocupante cuando analizamos lo que ocurre con los que han superado las ocho décadas. Resulta que, de los más de 185.000 mayores de 80 años, cerca de sesenta mil viven solos según datos de la Sociedad Gallega de Geriatría y Gerontología. Y lo hacen la gran mayoría en núcleos poblacionales, muy dispersos en el rural, con menos de 500 habitantes.
Una de las grandes paradojas que se da en todo este proceso es que en el momento actual los mayores de 65 años, que entraron ya en el ansiado mundo de la jubilación laboral, retornan a su lugar de nacimiento para cuidar de sus mayores que superan los 80 años ya que no se les puede sacar de su medio habitual so pena de causarles un grave problema de adaptabilidad.
Aumentar los servicios de teleasistencia para, de este modo, tenerlos controlados directamente; incrementar los comedores rodantes, que les lleven diariamente comida a sus casas a los que padecen problemas de movilidad; servicios sociales de proximidad; incentivar colectivos de voluntarios que les visiten con asiduidad, son algunas medidas de carácter urgente que deben poner en marcha las administraciones –autonómica, local y provincial–, de forma que el recorrido de estas personas por los últimos años de su vida sea lo más llevadero posible. Para todo ello hace falta voluntad y recursos económicos. Lo primero se da por supuesto entre nuestros dirigentes políticos, y lo segundo se tiene que buscar dentro de los presupuestos.
Para alcanzar los objetivos económicos me atrevo a sugerir posibles recortes: menos asesores; menos coches oficiales; menos viajes; menos asistencias técnicas y menos gastos superfluos, que los hay en demasía…
De ahí pueden salir grandes partidas económicas para atender a nuestros mayores. La soledad, de la que nadie está libre, es mala compañera para un porcentaje muy alto de gallegos. Hagamos que los últimos años de su vida no sean para muchos de ellos un calvario.

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