De Henry Ford a Mónica Oriol

Cuando el magnate de la industria del automóvil, Henry Ford, tomó la decisión de aumentar los salarios a sus empleados no estaba loco. Estaba convencido de que la distribución de parte del capital generado por la empresa entre sus trabajadores le traería mayores beneficios que costes y fijó los “salarios de eficiencia” en un nivel que contribuyó a aumentar sus ganancias. El tiempo le dio la razón.
Me acordé del prócer americano hace unos días al escuchar a la presidenta del Círculo de Empresarios que planteaba rebajar el Salario Mínimo Interprofesional a los trabajadores jóvenes que no tienen cualificación porque “hay que dar un trato desigual a formación desigual” y lamentó que la reforma laboral se haya quedado corta.
Mónica Oriol se despachó a gusto con estas y otras lindezas, algunas de ellas cercanas al insulto, como que hay un millón de “ninis” –jóvenes que ni estudian, ni trabaja– que no sirven para nada “a los que las empresas se ven obligadas a darles un dinero que no producen” o que los subsidios de paro crean parasitismo.
No sabemos si la señora Oriol hizo estas manifestaciones a título individual o recoge el sentir de los empresarios que representa en la institución que preside y de algunos otros. Pero los deseos de la presidenta del Círculo de Empresarios se están haciendo realidad con las prácticas dominantes de “ajustar” los costes laborales por la vía de reducción de salarios –en aras de una mayor productividad– y de maximizar las ganancias del capital.
Es lo que viene sucediendo desde que comenzó la crisis, a lo largo de la cual miles de trabajadores están sufriendo una devaluación continuada de sus contratos –la inmensa mayoría son temporales– y de sus retribuciones. El resultado son las enormes bolsas de desigualdad y pobreza que afectan a muchas personas que no ganan para cubrir sus necesidades básicas. Enfrente hay verdaderos oligopolios que se enriquecen cada día a su cuenta, a veces de forma obscena.
Lo cierto es que la señora Oriol y muchos de sus colegas, cien años después de que Henry Ford subiera los salarios a sus trabajadores, no han entendido el mensaje. Pero así de contradictorio es este modelo económico que exige productividad de primer nivel, basa parte de su éxito en la demanda interna como método para reactivar la economía y paga salarios del tercer mundo que apenas dan para subsistir. Puede acabar siendo víctima de su propia avaricia.

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