La gestión del crecimiento

Si hacemos caso a la teoría aristotélica de que «la virtud está en el término medio entre dos extremos», no tienen razón ni el presidente de la Xunta, ni los líderes de la oposición en la visión que dan del país en las sesiones de control. Galicia no está tan bien como dice el presidente, ni tan mal como sostiene la oposición en su conjunto.

El presidente y su gobierno recibieron un país en crisis y tuvieron que trabajar con presupuestos diezmados, aplicando un programa de austeridad que se tradujo en políticas de ajustes y recortes para acoplar los gastos al nivel decreciente de los ingresos. Sus logros principales fueron preservar la solvencia del país, mantener los servicios básicos del estado de bienestar de manera aceptable e implementar políticas para ir capeando el temporal de la crisis. No es un balance para echar cohetes, pero su gestión fue aprobada en las urnas hace año y medio.

Pero el tratamiento de la austeridad tiene efectos secundarios, que son los que denuncia la oposición y perciben muchos ciudadanos. Digan lo que digan las estadísticas, somos más pobres, las cifras del paro son demoledoras, la reforma laboral modificó contratos y rebajó salarios, el hambre ronda a miles de hogares, el talento emigra descapitalizando al país que es uno de los más envejecidos del planeta, sectores básicos de la economía gallega, como el financiero, desaparecieron, y otros como el naval no acaban de despegar… Desequilibrios estructurales unos, problemas derivados de la crisis otros y seguramente todos agravados por la austeridad.

La pregunta es si en este entorno globalizado son posibles otras políticas, distintas a las implementadas por este Gobierno, para hacer frente a los desequilibrios estructurales y a los problemas generados por la propia crisis. La respuesta, que seguro es afirmativa, corresponde a la oposición cuya labor no es solo fiscalizar la labor del ejecutivo, sino también proponer esos otros programas de gobierno alternativos.

Un último apunte. El Gobierno gallego fue diligente en la gestión de la escasez aplicando políticas de austeridad que la gente soportó con paciencia infinita. Pero esa misma gente va a exigirle que gestione el crecimiento con la misma diligencia hasta garantizar una distribución equitativa de la riqueza. Es el «dividendo» que hay que repartir para que el malestar acumulado durante la crisis no degenere en una revuelta social.

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