El diálogo es el camino

La semana pasada se debatía en el Congreso la cesión a la Generalitat de Cataluña de la competencia para organizar la consulta y tanto el jefe del Gobierno, como el líder de la oposición, además de dar una lección de derecho constitucional y de política, dejaron la puerta abierta al diálogo, sin excluir la reforma de la Constitución.

¿Y ahora qué? se pregunta la gente. Pues ahora tenemos el pronunciamiento negativo del Parlamento, pero nadie piensa que se haya resuelto el problema. Estamos en el punto de partida porque, tanto el Presidente Mas, como la delegación desplazada a Madrid se reafirmaron a favor de la celebración del referendum en un camino sin retorno que puede acabar en la declaración unilateral de independencia. El llamado choque de trenes parece inevitable.

Nadie sabe cuál será el final de esta crisis. «Yo sostengo, decía don José Ortega en 1932, que el problema catalán… no se puede resolver». Ochenta y un años después hemos llegado a tal punto que hasta parece que ni siquiera se puede «conllevar», como sostenía el ilustre pensador, porque el gobierno catalán está enrocado, los puentes políticos están rotos y cualquier estrategia de negociación parece destinada al fracaso.

El Tribunal Constitucional invitaba a «resolver mediante el diálogo y la cooperación» los problemas territoriales, pero las posibilidades de diálogo son escasas, por no decir nulas, porque no parece posible hablar con quien acude a la mesa con una postura predeterminada que no respeta el marco legislativo.

Mientras, es preocupante la fractura social que se produce entre los ciudadanos catalanes. Porque la ola separatista que pregona, a veces con la sola fuerza de los sentimientos, que «España nos roba» no es el único movimiento relevante en Cataluña. Hay otra mayoría menos ruidosa -acaba de nacer la «Sociedad Civil Catalana»- que, con la fuerza de la razón, cree en una Cataluña integrada en España. Y preocupante es la desafección -y hartazgo- que está dejando tanta insolencia, a veces insultante, como exhiben muchos políticos catalanes hacia el resto de los españoles, que también tienen sentimientos.

A pesar de todo el único camino es el diálogo que cree un marco de negociación serena para intentar encontrar acomodo a la «singularidad» de Cataluña. Un diálogo que, al tiempo, debe restañar las heridas que todo este proceso está causando tanto en Cataluña, como en el resto de España.

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