Semana de Pasión

Los que habitualmente acuden o participan en las procesiones están inmersos estos días en plena Semana de Pasión. Esa pasión que les lleva a intentar reencontrarse con su interior, mientras que procesionan por calles y rúas de la ciudad en la que viven, trabajan y moran.

El capirote, que llevan los disciplinantes en las procesiones de cuaresma, de colores diversos muy cercanos al morado que denota pasión, es el elemento con el que tapan su rostro para cumplir con una promesa, o sumarse a un acto religioso que sienten en lo más profundo de su fe. En Galicia, en estos últimos años, aumentó la utilización de este símbolo por parte de los que desfilan procesionalmente demostrando que es lo más emblemático en la Semana de Pasión.

Pero el capirote, con el que tapar el rostro, es material de utilización metafórica por los que de un modo u otro se benefician de su situación política, sindical y empresarial, para seguir haciendo que la presión económica alcance cotas de mayor incidencia en un ránking europeo en el que nos han situado los más de 7.000 políticos y sindicalistas que en el momento actual están imputados o en fase de proceso judicial por llevarse lo que es de todos los ciudadanos y que pensaban que les correspondía por su trabajo o por su gestión política y sindical, en favor de la sociedad (sic), que les otorgó su voto para gestionar el bien común y no utilizarlo como financiación propia a cuenta del erario público.

Esta Semana de Pasión nos hace que recordemos y traigamos al primer plano de la actualidad algunas cosas: que el paro se mantiene en niveles muy alarmantes sin que se vislumbre en el horizonte generación de empleo; que los jóvenes siguen haciendo la maleta para viajar a otros países en los que puedan encontrar mejores perspectivas de trabajo; que los recortes sanitarios aumentan día a día; que las ayudas a la dependencia van desapareciendo con un futuro nada halagüeño para las familias que tienen a su cargo a alguna persona; que el empobrecimiento y la exclusión social aumentan sin que se le ponga freno desde las administraciones; que la educación pasa por sus peores horas; que la corrupción y el fraude no decrecen, o que la situación económica del país no remonta.

En fin, que en esta Semana de Pasión los políticos, los ejecutores de los presupuestos y del encarecimiento de la deuda pública, deberían mirar hacia su interior, sacarse el capirote y dar la cara en forma de entendimiento y pactos que permitan que volvamos a creer en ellos ya que remando juntos pueden llevar la trainera –llamada España–, al mejor de los puertos.

El pueblo llano que se aprieta demasiado el cinturón y sufre lo indecible, se lo demanda.

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