Las lágrimas de un presidente

Cuando me pongo al ordenador para pergeñar este artículo han pasado más de veinticuatro horas de las solemnes honras fúnebres de Estado en honor de Adolfo Suárez.

Y he querido dejar pasar ese tiempo para que, con la mente más fría y el corazón un poco menos caliente, no  rodasen cabezas como pelotas de tenis ¿Por qué? Muy sencillo.

Durante las horas de consumo televisivo y radiofónico me encontré con  voces y caras de políticos y periodistas, cínicos, falsos, caraduras, hipócritas y desvergonzados, que hace años le negaron el pan y la sal, le clavaron por la espalda los puñales más afilados y ahora lo han elevado a la cima de la gestión política, al tiempo que presumían de su supuesto acercamiento personal en la distancia más corta posible para crecer a la sombra del gran hombre de Estado.

Conocí a Adolfo Suárez de la mano del prestigioso médico compostelano, José Antonio Arán Trillo, que le fue fiel en todo momento, y al amparo de las dos siglas que el piloto de la Transición atesoró: Unión de Centro Democrático (UCD) y Centro Democrático y Social (CDS). Fueron abreviaturas de dos momentos distintos de hacer política.

Todos esos que ahora lo ensalzan hasta la enésima potencia le dejaron solo para que su proyecto centrista no cuajase en nuestro país. Él fue perfectamente consciente.

En Santiago conoció el fracaso electoral  en una pequeña sala de un hotel compostelano. Otros dos compañeros periodistas y yo hablamos largamente con él y vi como las lágrimas afloraban en el ya curtido rostro de un gran presidente. Fue la última vez que hablamos.

En mis recuerdos una cena de campaña en la que  debatimos  intensamente y con bastantes discrepancias, sobre el modelo territorial que dejó sobre el mapa de España. Creo que sus decisiones autonómicas, con demasiadas concesiones,  fueron de los errores más sonados. Pero de la distribución del territorio hablaremos otro día.

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