Discriminación por edad

Imagínense que una empresa emprende un proceso de selección de personal para ocupar un trabajo y en la oferta de empleo rechaza de forma manifiesta a la gente de una determinada etnia o dice en la convocatoria que las personas de un sexo (hombres o mujeres) se abstengan de optar a ese puesto de trabajo. Este tipo de exclusiones no serían admisibles socialmente y seguro que esa empresa vería deteriorada su imagen y sufriría tal rechazo social que afectaría a sus productos o servicios.

Sin embargo, en el mercado laboral aceptamos casi de forma natural la “discriminación por edad”, hasta tal punto que empresas de todos los sectores publican las condiciones requeridas para optar a un puesto de trabajo y, sin ruborizarse, añaden la coletilla “abstenerse de enviar el curriculum mayores de 40 años” y a veces mayores de 35.

Traigo esto a colación a propósito del dato que publicaba este periódico la semana pasada: casi la mitad de los desempleados de la comarca coruñesa supera los 45 años de edad, lo que pone de manifiesto que este colectivo está sufriendo las consecuencias del desempleo de forma muy acusada.

Estamos sensibilizados con el paro juvenil y con razón, pero es tanto o más penosa la situación de los parados mayores de 40-45 años. Cuando empezó la crisis eran en torno a 315.000 y hoy suman 1,7 millones –16.850 en la comarca de A Coruña–, que están asomados al abismo de quedarse descolgados del mundo de trabajo. Dicho en lenguaje coloquial, son viejos prematuros, muchos de los cuales no volverán a trabajar en su vida porque cuando la economía crezca ellos llevarán años fuera del mercado laboral y las posibilidades de encontrar un nuevo empleo serán escasas, por no decir nulas, teniendo en cuenta que las empresas buscan personas jóvenes.

Es una pérdida de talento, porque a los 45 años una persona está en su plenitud vital, cargada de saberes y experiencia. Y es una pérdida irreparable para sus proyectos vitales porque por razones biológicas estas personas tienen a su cargo a hijos en edad escolar y obligaciones familiares a las que hacer frente.

Por eso, las políticas de empleo deberían ocuparse de manera especial de este grupo de parados tratando de evitar la discriminación de acceso al empleo por edad, diseñando planes de formación adecuados así como incentivos y bonificaciones a su contratación. Es una contradicción que se amplíe la vida laboral “oficial” hasta los 67 años y la realidad del mercado laboral fije la jubilación “forzosa” a partir de los 45 años.

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